LA CASA DEL AZÚCAR.

Autora: Ángeles Gil.

Ed: B              Ed: 4ª, año 2020.

 

“Cuando la semilla piensa que su mundo se acaba, se convierte en árbol.”

 

Pablo Muñoz Megino, más amigo que paciente, se acercó un día a mi consulta y me trajo un libro: “La casa del azúcar”, de Ángeles Gil. Me comentó que esta novela estaba inspirada en su bisabuela que vivió, sufrió y padeció en Calatayud, a principios del siglo pasado. De hecho, la novela se desarrolla en una ciudad real con nombre ficticio: Terreros del Jalón, y que es nuestra ciudad, Calatayud.

La autora de esta novela es Ángeles Gil y, aunque ella ya no nació en Calatayud, es descendiente de la familia bilbilitana de los Gil. Su padre, por tanto, era bilbilitano, de pura cepa, y en los años duros de la dictadura emigró a Barcelona; y allí nació Ángeles. Su bisabuela Miguela, a pesar de quedar viuda y con siete hijos a su cargo, salió adelante con su empresa de elaboración de gaseosas, sifones y refrescos, muy conocida en Calatayud y toda su Comarca. Estamos hablando del primer tercio del pasado siglo. Aún hay personas mayores en Calatayud que recuerdan a la “Tía Miguela” por su tesón, bondad y, como no, por sus productos gaseosos y por ese refresco de limón denominado “Lig” (Gil al revés). La fábrica estaba ubicada en una boca calle de la avenida de San Juan el Real (hoy día desaparecida) y que comunicaba, por el otro extremo, con la actual calle Juan Gualberto Bermúdez.

Ángeles Gil nos narra la dura vida, con una gran ración de ficción, de su bisabuela que, en el caso de la novela, pasará a llamarse Manuela. Ésta, entrará con quince años a formar parte del servicio de una de las familias más linajudas de Calatayud: los Prado de Sanchís. Tras distintos avatares, lógicos en toda una vida, Manuela acabará montando una fábrica de gaseosas en Terreros del Jalón, a pesar de las innumerables trabas y perrerías que le procura Doña Amelia, su antigua señora.

La estructura de la novela está muy bien articulada y perfectamente ambientada en el primer tercio del siglo XX, periodo en el que se desarrolla. Maneja muy bien los diálogos, así como los pensamientos y acciones de los distintos personajes. En definitiva, la lectura es muy fluida y cómoda con la que la autora logra sumergirte dentro del mundo de Manuela. La línea cronológica la maneja con destreza, haciendo saltos en el tiempo desde la primera década del siglo hasta el año 1936, a comienzos de la Guerra Civil.

La autora no dejará pasar por alto algunos de los hechos importantes que acaecieron en aquella época: la aparición de la motocicleta en Estados Unidos, concretamente en Chicago (Harley-Davidson), la guerra hispano-marroquí con su famoso y trágico suceso del Barranco del Lobo, en el que el ejército español sufrió una dura y dramática derrota. La lamentable “Semana Trágica” de Barcelona, una revuelta indudablemente violenta y que se desencadenó, precisamente, por el reclutamiento forzoso de efectivos para la guerra en Marruecos.  No faltarán referencias a la pandemia de principios del siglo pasado conocida como “Gripe Española”.

El día a día de la época está muy bien reflejado en la novela, sobre todo la vida de aquellos señoritos acaudalados frente a la de una servidumbre sumisa y esclavizada. Me ha recordado a aquella obra magistral de Dezsö Kosztolányi titulada “Anna, la dulce”.

Al ser una novela cuya trama se desenvuelve en Calatayud, a través de los avatares de una bilbilitana, para mí, tiene un valor añadido. Además, sabiendo que su protagonista fue un personaje real, como ya he comentado anteriormente: la Tía Miguela.

Ante mi desconocimiento de la autora intenté localizarla y saber más de ella y de su familia. Y afortunadamente lo logré (de ahí la información que proporciono al principio de esta reseña). Por tanto, hemos tenido una entrañable relación electrónico-epistolar en la que Ángeles me ha contado todos los antecedentes de su familia y como pensó en la novela. Me cuenta también que Calatayud lo conoció de niña, cuando venían a pasar unos días en la casa familiar. Me dice que recuerda vagamente a su bisabuela como “una mujer pequeñita, con el pelo corto, sedoso y muy banco y con un parche en un ojo por una operación de cataratas”.

En una de sus últimas cartas me comenta que le hubiese gustado presentar la novela en Calatayud y volver a recordar la ciudad. La pandemia lo truncó todo. Le contesto que nunca es tarde y que intercederé con la concejala de Cultura, doña Nuria Amela, pensando en una futura presentación. Y a partir de aquí, puedo decir que tengo una recién estrenada amistad con la abogada y escritora Ángeles Gil.

 

 

 

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