ENIGMAS, SECRETOS E HISTORIAS FABULOSAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO.

Autor: Fernando Jiménez Ocaña.

Ed: Onagro                 Ed: año 2016.

 

“El Libro de la Vida empieza con un hombre y una mujer en un jardín. Y acaba con las Revelaciones”.

                                                                                                                      Oscar Wilde.

 

En el transcurso de la pasada Feria del Libro en Calatayud recibí una llamada telefónica de mi querido amigo el escritor, poeta y crítico literario José Luis Gracia Mosteo. El motivo no era otro que me acercase a saludar, de su parte, al que fue su primer editor ya que sabía que se encontraba en Calatayud, en la feria, dando a conocer su editorial y sus publicaciones. Así lo hice.

En cuanto localicé la caseta de Ediciones Onagro me presenté y le hice saber a su propietario, Fernando Jiménez Ocaña, el motivo de mi encomienda por lo que se alegró sobremanera y estuvimos charlando unos minutos. Mi vergüenza torera, sumada a mi afición por los libros, hizo que eligiese uno, de su autoría, y así poder tenerlo con su correspondiente dedicatoria. Mi elección, que no dejó de sorprender al autor, fue el libro que hoy os presento.

Una vez leído, puedo asegurar que el título no se corresponde con la curiosa pomposidad que desea transmitir. Esto no es malo porque he disfrutado de una lectura, muy curiosa, de los textos sagrados sin aspectos extraños, sin secretos ni leyendas desconocidas, al margen de los antiguos pasajes bíblicos.

Está escrito con una prosa impecable que deriva en una lectura cómoda y fluida. Todo él está dedicado, como ya he adelantado, a ciertos pasajes del Antiguo Testamento. Hay unos tan conocidos como los del profeta Daniel, la vida y aventuras del rey Saúl, del rey David, y las bondades de Samuel junto a la belicosidad de Josué. Pero hay otros que eran desconocidos para mí, quizá porque mi sapiencia es posiblemente superficial en este tipo de textos históricos. Me estoy refiriendo a los pasajes dedicados a Agar, madre primigenia de la raza árabe; la destrucción de Pentápolis, comarca que agrupaba cinco ciudades; el castigo de Nabab y Abiú; Abigail, la esposa prudente o, por último, el de los Hijos de Eli.

Llegados a este punto, quiero destacar una serie de hechos relevantes de este libro:

Los textos, a pie de página, nos dan noticia de hechos hasta ahora desconocidos en ciertos pasajes. Por ejemplo, San Jerónimo se refería al libro de Ezequiel como “un laberinto de los misterios de Dios”. Los hebreos prohibían su lectura hasta haber cumplido los treinta años de edad.

Otro de estos textos nos da conocimiento de la fábula de Moisés y su báculo. Fue el único que pudo desclavar esta vara del suelo. Por consiguiente, vemos un parangón indiscutible con la leyenda de la espada Excalibur y el rey Arturo.

Había castigos divinos, ciertamente curiosos, como el de proveer una plaga de hemorroides galopantes a los filisteos por haber robado el Arca de la Alianza. Y los damnificados clamaban: “devolved el Arca a los malditos hebreos”, siempre con la mano en las posaderas y emitiendo unos alaridos que llegaban hasta el cielo. Pero aún es más curioso el método por el que les fue concedido el perdón por devolver la sagrada reliquia. Tuvieron que esculpir en oro una serie de figuras de hemorroides e introducirlas en el Arca. Por tanto, creo que es de ley felicitar al habilidoso orfebre por llegar a esculpir semejante parte anatómica tan desdibujada.

Se sabe que el famoso Salomón tuvo a su cargo 600 esposas y, por si esto fuera poco, también poseía 400 concubinas. Murió a la edad de 58 años; cosa que no me extraña.

En aquel tiempo, podías ser polígamo sin problemas, así como ejercitar el incesto pero, en cambio, el adulterio estaba condenado a muerte.

En el pasaje, dedicado a Eliseo (que peinaba calva), conocemos que el llamar calvo al prójimo era una injuria gravísima. Más tarde, se perdería esta justicia hacía los ausentes de aditamentos pilosos por varios siglos, hasta la actualidad. Sé por mi buena amiga, la doctora María Engracia Muñoz Santos que, hace escasos días, un tribunal del Reino Unido dictaminó que llamar calvo a un hombre es acoso sexual.

Por último, debemos hacernos una pregunta ciertamente inquietante: Si el Dios de los hebreos es infinitamente misericordioso e infinitamente bueno, ¿por qué desata en algunos pasajes una ira cruel e incontrolada? En el pasaje del asedio y toma de las tierras de Canaán por parte de Josué las órdenes de Dios eran claras y determinantes:

“Pasaréis a filo de espada a estas siete naciones, sin perdonar a mujeres, niños, siervos ni ganado. Derribaréis sus altares, talaréis sus bosques y pondréis fuego a sus ciudades”

 

 

 

 

 

 

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