EL PINTOR DE FANTASMAS.

Autor: José Luis Gracia Mosteo.

Ed: Certeza. Col. Cantela. Ed: año 2004.

Hay un relato en el libro dedicado al pintor Doménikos Theotokópoulos, alias El Greco. Todos podemos pensar que es el relato que articula el libro; que éste es el auténtico “pintor de fantasmas”. No se lo crean, éste sólo pintó el fantasma del Conde de Orgaz, cuyo entierro acaeció doscientos años antes. Es el único fantasma que plasmó, en el generoso lienzo, El Greco. No se lo crean porque este relato sólo entrega a la causa el título del libro.

El verdadero pintor de fantasmas es José Luis Gracia Mosteo. Es él y solo él quién toma el pincel y, durante doce relatos, da pinceladas unas veces gruesas e indefinidas que te obligan a coger distancia para ver el resultado final y otras veces las da finas, precisas y maestras, lo que te conduce a observar el resultado a una corta distancia. Mosteo es el pintor de espectros con la paleta de la palabra.

Es el que plasma los fantasmas de diversos personajes. No se engañen. Es la palabra precisa y exacta de Mosteo la que pinta las reflexiones de las miserias universales.

Pero ahí no queda el asunto. El autor hurta el espejo a Borges, un dios caído, y le hace feliz.

Y este espejo reflejará las envidias entre escritores, la indolencia de las editoriales ante las galeradas de “un no sé quién” y con un “es muy bueno, pero lo sentimos” se quitan el compromiso de encima. El espejo que unas veces te presenta un reflejo y otras te transporta más allá de esa imagen, distorsionada, a un nuevo submundo de tragedias ocultas, de vicios inconfesables o de miserias terrenas.

Pero existe un reflejo puro, real, en el que es difícil observar algún testimonio fantasmagórico. Un ejemplo es la admiración del autor por el gran padre de las Letras Aragonesas: Ildefonso Manuel Gil.  También asomará el reflejo de las vivencias del autor en el Ateneo de Madrid con sus “tyrannosaurus” deambulando en el interior en busca de alguna tierna presa.

Pero Mosteo lo usa con profusión para descubrir las miserias y las dependencias de los personajes. En él intuye ver al cuervo del poema, que le canta las desgraciadas últimas horas de aquel gran escritor como fue -es- Edgar Allan Poe. El alcohol triunfó como “Júpiter Tonante”. ¿Hay bálsamo en Galaad?

Y visualizará, no sin dolor, la azarosa vida de Coleridge, íntimo del láudano, el alcohol y el opio. Tratamientos para sus crónicas enfermedades (decía) y que se transmutarán en la peor enfermedad. 

Luis Antonio de Villena, un exquisito de la elegancia y de la palabra, de los Novísimos, descoloca al autor en el momento que su fantasma le hace encadenarse y aparecer en una conferencia embutido en una sudadera.

El espejo también le mostrará, en un nuevo reflejo, el “más allá” de Dámaso Alonso; el  “gagaísmo” del que ha poseído el prestigioso autor de “Hijos de la ira”. Ese pequeño gran hombre.

Alberti, García Montero, Rosales, Carmen Martín Gaite y otros muchos, aprovecharán las sesudas reflexiones de Mosteo para seguir paseando por estas páginas.

En definitiva, estamos ante un libro íntimo, un libro en el que el autor mezcla sabiamente realidad con ficción y verdades con verdades (el servicio a la verdad le ha procurado no pocos enemigos); porque José Luis Gracia Mosteo camina siempre con el espejo de la vida en el que se mira, de hito en hito, para no dejar de hacer pie.

Y una vez más, Borges le da las gracias por haberle desposeído de su espejo.

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