EL NIÑO DE LA PIEDRA NEGRA.

Autor: Miguel Petit Campo.

Ed: Maluma.  Ed: 1ª, 2023.

 

Este es el segundo libro que leo de este autor. El primero fue “Persiguiendo sombras” que ya me dejó entrever el potencial de Petit. Nació en Miranda de Ebro (Burgos) en el año 1969 y ejerce de gerente en la empresa Adecco Bureba.

En esta obra cambia radicalmente de registro y pasa de novela negra a novela de ficción.

La estructura argumental gira en torno a un adolescente, Samuel, que al ser huérfano de madre y con un padre alcohólico, es destinado a un seminario. Allí vivirá toda su juventud hasta ordenarse sacerdote. Una crisis personal, al conocer a una mujer, hará que deje los hábitos. Y volverá a su pueblo natal a la muerte de su padre, del que no quiso saber nada.

La narración está dividida imaginariamente en dos partes muy diferenciadas: las vivencias de Samuel en el seminario, la ordenación como sacerdote y la práctica del ministerio en varios pueblos y ciudades y, por otro lado, una segunda parte en las que narra las vivencias del protagonista, tras dejar el sacerdocio y volver a Jarales, su pueblo natal.

El autor ha reflejado sabiamente los sentimientos que afloran al estar en un seminario en el año 1975, tras la muerte del dictador. En el transcurso de sus estudios y en el devenir del tiempo nos narra lo que fue la Transición y sus inmediatas circunstancias: la inesperada y oscura muerte del Papa Juan Pablo I, el golpe de estado, el mundial de fútbol, el triunfo del Partido Socialista…

El autor dice, con acierto, a través de su protagonista, que las dos Españas no son la de izquierdas o la de derechas, la monárquica o la republicana. Las verdaderas dos Españas son la rural y la urbanita. Aquí si que se marcan verdaderas diferencias.

Al tener como protagonista un seminarista y un futuro sacerdote, el autor lo aprovecha perfectamente para aflorar las reflexiones y los sentimientos en este tipo de vivencia. Reflexiones sobre la vida, el amor, la soledad, el celibato…

En la imaginaria segunda parte, en la que el protagonista vuelve a su pueblo natal, el autor nos dará a conocer la idiosincrasia característica de la gente rural, sus costumbres tan especiales, sus vivencias, su amabilidad disfrazada e, incluso, algo consustancial a las comunidades pequeñas: los apodos, los motes.

Ya adelanto que, al final, y tras toda su azorada vida, Samuel encontrará algo parecido a la felicidad.

El autor hace un manejo magistral de la psicología y de y las descripciones fisonómicas de los personajes. No dejará nada a la imaginación:

“Su mirada era siempre oscura, como lejana, y los ojos se le hundían bajo unas cejas prominentes. De nariz soberbia y boca estrecha, la piel de la parte inferior de su rostro se había descolgado y acentuaba la sensación de angustia que transmitía.”

Está escrita con capítulos muy cortos que hacen más amable su lectura incluso sus pausas. Los diálogos son muy correctos, con la suficiente brevedad como para que sean totalmente creíbles. Por último, una vez más, el autor hace gala de su sapiencia musical, tal y como hizo en su anterior novela. Y tal y como he dicho anteriormente, el final será bello y romántico, a pesar de todo.

 

 

 

 

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