EL INFIERNO.

Autor: José Luis Gracia Mosteo.

Ed: Huerga & Fierro. Ed: Año 2006

“Si me has impuesto el Infierno antes de morir, también yo he gozado del Cielo sin tener que morir”.

Antes de comenzar el análisis de este magnífico libro quiero dejar claro que, al autor, tanto en los círculos literarios como en la intimidad de los amigos, se le conoce como Mosteo (incluso así se autodenomina él mismo). Gracia hay muchos y muy repartidos (incluso está la de Dios) y Mosteo solo hay uno: Él. Y así me referiré al hablar de este autor.

Mosteo es, posiblemente (y así lo designan en el mundo de las letras), uno de los mejores escritores dentro de la narrativa actual. He leído todos sus libros, excepto uno y, dentro de mi escasa sapiencia, puedo corroborar que es una delicia leer a este autor aragonés, afincado en la capital del Reino.

El día 4 de abril del año 2007 tuve el placer de presentarle este libro en Calatayud. Aún guardo las notas de aquel evento que, lógicamente, me vendrán muy bien en estos momentos.

“El Infierno” fue Premio de Novela Corta de la Fundación Dosmilnueve, el 10 de noviembre del año 2006. Esto demuestra que lo que les acabo de contar no es nada baladí.

La estructura de esta novela está inspirada en el Infierno de Dante, en el que Mosteo se verá las caras con distintos escritores y artistas que han sido condenados por sus pecados. Pero este particular infierno de Mosteo no será penoso y truculento, sino que será tratado y presentado en clave de humor, sobre todo para desmitificar a algunos escritores consagrados. Pero no adelantemos acontecimientos.

El autor manifiesta dos premisas incontestables: lo que somos en la infancia lo somos toda la vida. Y que el que no lee difícilmente podrá escribir. Hay que devorar libros; muchos libros.

 Mosteo monta la trama argumental de esta soberbia, brillante y trabajada novela con una crisis coronaria del propio autor que le hace debatirse entre la vida y la muerte, Sumergido en este estatus del inconsciente, su subconsciente le conducirá a un infierno dantesco en el que, en sus espirales, se encontrará con distintos personajes reales y que dialogarán con el recién estrenado moribundo.

En su línea imprecisa entre la vida y la muerte, el primer personaje que encontrará el autor es al poeta galo François Villón. Su composición más celebrada es “La balada de los ahorcados” escrita mientras esperaba precisamente la soga al cuello.

En su segundo nivel se dará de bruces con el poeta y escritor de comedias Lope de Vega (el Gran Follador).

En el siguiente nivel inferior del particular averno de Mosteo encontraremos al caballero de la Triste Figura, el peculiar Don Quijote.

“Siempre he luchado por la verdad, aunque sepa que para decirla se necesite un escudo. Tal vez por eso elegí el parapeto de la risa de los demás, es escudo de su desprecio”.

Este pasaje de la novela es ciertamente bello en el que se esconden tímidamente reflexiones del propio autor.

Seguirá su periplo por los círculos de la espiral hasta encontrarse con uno de los poetas malditos franceses:  Mallarmé.

No faltará a la moribunda cita Laforge (poesía irresistiblemente moderna).

Siguiendo el sendero del cerebro obnubilado de Mosteo encontraremos, en este caso, al pintor italiano Amedeo Modigliani. Su esposa lo tildaba de “cerdo con perlas”. Amedeo, condenado por la tuberculosis, en su última etapa se enamoró de Jeanne Hébuterne que le sirvió de modelo en numerosas ocasiones.

Este es otro relato bellísimo e intimista en el que su protagonista principal es la carta que escribe Jeanne al Señor Juez, tras la inmediata muerte de Modigiani. Es el preludio de su suicidio.

No faltará a la cita Ramón José Sender que sorprenderá a Mosteo por su estado senil y su chocheo. La gota que colma el vaso fue cuando el autor acudió a una conferencia del laureado escritor, que pronunció en el Ateneo de Zaragoza, y en la que habló de temas peregrinos (sobre todo de temas médicos) en vez de literatura. Mosteo duda si había ido a una conferencia de Sender o de Ramón y Cajal.

La ceguera iluminada de Jorge Luis Borges estará esperando al autor en su siguiente nivel. Mosteo no verá a Borges; vera a Dios con acento argentino. Y no me extraña este atrevimiento si conoces a uno y a otro. Pero al final será un dios caído, será una iconoclastia fruto de su senilidad mental que hará aflorar sentimientos de compasión por parte del autor. Borges y Sender serán, al final de su vida, meros árboles caídos.

Nuevo círculo, nuevo personaje. En este caso le sale a recibir Federico García Lorca. En este apartado se cuestiona si su temprana y violenta muerte fue la causa de su aura inmortal. Queda una pregunta en el aire viciado del Infierno: ¿Qué hubiera pasado con la obra de Federico si no hubiese sido vilmente asesinado?

En décimo lugar acude a las páginas de esta novela un personaje de ficción, creado por Mosteo para sus dos novelas policiacas, grises o negras: el inspector Barraqueta. En este encuentro del personaje con su creador aparecerá una narración breve, a cuenta de la confesión de un detenido ante Barraqueta. Es posiblemente, en este relato, donde la narrativa brillante del autor y su vasta cultura se manifiesten de una manera más desenfadada.

Vamos caminando ya hacia el final. Aparece Quevedo, el gran Don Francisco. Éste, en su osadía, llegó a escribir un poema al pedo, si señores, a la ventosidad, al cuesco… y alrededor de este acto de alivio fisiológico versara la condena de Quevedo. Toda una declaración de intenciones entre el acto de un pedómano y sus inmediatas consecuencias en nuestro oído y olfato.

Y por último, no faltará la propia condena infernal de Mosteo, en la que ruega encarecidamente que su vida y su consiguiente e inexorable paso al más allá, se desarrolle en una película de John Ford.

En todas estas reflexiones de los condenados subyace, entre bambalinas, la idiosincrasia de Mosteo.

Hemos disfrutado sobremanera de una prosa brillante, elevada, impecable, culta y deliciosa que da forma a un argumento original y novedoso.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog