DE CUANDO FUI PERSONAJE DE NOVELA.


Si, señores, como lo leen. Un día fui no una, sino dos veces personaje de novela. Y ya me perdonarán que peque de inmodestia y esta vez mortalmente. Pero claro, si yo no lo cuento ¿quien lo va contar?
 Un servidor no esta acostumbrado a quedar inmortalizado para la posteridad, aunque mis apariciones sean más bien de figurante o de extra que de contundente personaje.
Corría el año 1981 cuando José Verón Gormaz ganó el Premio San Jorge de Novela con “La muerte sobre Armantes”. Se volvió a editar en él año 2006. Un día, no muy lejano, hablaré sobre ella.
Pues bien, en la citada novela me paseo, indolente, por sus páginas en compañía de otros personajes que, además, son amigos en la realidad.
El autor,Verón, dice en cierto momento que Manolo (el rompedor de ciudades para componerlas a su gusto) está poco locuaz. ¡que poder tiene la ficción!
Hasta que llega mi momento estelar y afirmo que “el enemigo tiene costumbres gastronómicas rudimentarias; solo comen para subsistir”. Para a continuación apostillar que “no conocen la técnica fotográfica”.
Tras estos elevados asertos, sigo mis paseos por las blancas páginas.

El azar del destino quiso que conociese a un escritor muy peculiar, cachondo donde los haya y tan buena persona que hasta duele. Amigos de sus amigos a muerte. Me refiero a José Luis Gracia Mosteo (Mosteo para la literatura y Pepelu para mis entrañas).
En su excelente libro “El Infierno”, un clásico como afirma acertadamente Miguel Ángel Yusta, tengo un papelito discreto dentro de la declaración que hace un detenido ante el comisario Barraqueta. Cito textualmente: “el supuesto doctor Micheto, siempre empeñado en ponerles los supositorios que recetaba a sus incautas pacientes femeninas”. ¡Madre del Amor Hermoso! Líbreme Dios de tamañas prácticas terapéuticas.
Estas son las cosas de mi amigo Mosteo. Tanto es así que, el otro día hablando por teléfono de escribidores y escribidoras, de su último y estupendo libro, el de los poetas eléctricos, me dijo que en su próxima novela volvía a salir de personaje.
Ante los antecedentes que acabo de presentarles, en ese momento me sorprendió súbitamente una especie de congoja que me dejó contrito y mohíno. Fue mi mujer la que recogió el teléfono del suelo. Más tengo que confesarles que para mi será un honor, una vez más, ser un señor embutido en una novela  de este excelente autor aunque, espero, no sea para refinar el arte terapéutico rectal.

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