ANNA LA DULCE.
Autor: Dezsö Kosztolányi.
Traducción del húngaro de Judit Xantus.
Ed: Xordica. Ed:
Año 2021.
Antes de entrar en
materia, me gustaría puntualizar y dejar constancia que a Xordica, una pequeña
editorial aragonesa, no le duelen prendas para hacerse un hueco en el panorama
literario, ante los grandes monstruos editoriales de nuestro país. Por regla
general, Chusé Raúl Usón, su fundador y propietario, utilizó para estos fines
dos potentes armas: la literatura aragonesa principalmente y la calidad de lo
publicado. Estos pasados días, hemos podido conocer que ha realizado una
edición del gran fenómeno literario “El infinito en un junco”, de Irene
Vallejo, en fabla aragonesa.
A nivel material, siempre
he alabado las pulcras y cuidadas ediciones de Xordica, en su tamaño, papel,
portada, etc. Las espléndidas cubiertas, ilustradas siempre por excelentes
obras de arte. La serie publicada de José Luis Melero, por ejemplo, siempre se
acompaña de magníficos dibujos de Jorge Gay. Y el libro que nos ocupa está
ilustrado por una excelente obra pictórica de Bela Czóbel: Kislany ági ellöt
(1905).
Dezsö Kostolányi fue un
escritor húngaro, nacido en 1885, que contó con una exitosa trayectoria
profesional como novelista, periodista, crítico literario, poeta, ensayista y
traductor. Una de sus novelas más celebradas es la que hoy nos compete: Anna la
dulce.
Tanto es así, que se
considera una obra clásica dentro de la literatura húngara del siglo XX. Se
publicó, por primera vez, en el año 1926 y fue muy aclamada dentro de los
círculos literarios de la época.
En ella podremos
constatar la realidad social de aquellos años alrededor de la Primera Guerra
Mundial. Las clases sociales estaban muy marcadas, casi como compartimentos
estancos. Rara era la vez que alguien ascendía de posición social, aunque no
imposible.
En esta novela, el autor
retrata magistralmente el día a día de los señoritos y nobles, junto a un
submundo imprescindible que les rodea: la servidumbre. Su forma de vivir nos
hace rememorar aquellos tiempos, no tan lejanos, donde imperaba la esclavitud.
Eso sí, en este caso, eran remuneradas por su arduo trabajo. Había todo un
mercado alrededor de sirvientas, doncellas, camareras, etc. El tema alcanzaba
tanta importancia que la misma Policía solía tener listados de estas personas y,
asu vez, ellas poseían una cartilla de referencias en la que, anteriores
señores, plasmaban la conducta de las susodichas.
La acción de la novela se
desarrolla prácticamente en la casa del matrimonio Vizy, con la participación,
en mayor o menor medida, de sus vecinos e ilustres amigos. Y en ese escueto y
recortado mundo se moverá nuestra protagonista: Anna la dulce.
Todo se desarrollará con
esa supuesta “normalidad” hasta que un trágico suceso final mueve hasta las
tapas del libro. Un suceso sorprendente e inesperado que no desvelaré en estas
líneas.
Como ya he comentado
antes, este autor es uno de los más representativos del primer tercio del siglo
XX en la Europa del Este. Maneja con una discreta habilidad una prosa fluida y
brillante. Salvando las distancias y en algunos aspectos, me recuerda el
excelente estilo literario de Stefan Zweig.
Sándor Márai, escritor y
admirador de la obra de Kosztolányi, dijo al respecto de esta obra: “la única
novela social húngara que registró la lucha de clases como debería ser, sin
realismo social, en toda su desastrosa realidad humana”.
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