ESCRITORES Y ESCRITURAS.
Autor: José Luis Melero.
Ed: Xordica. Ed: año 2012
Hay lectores que, tras varias lecturas de
narrativa, descansan su mente con alguna lectura poética. Yo descanso con los
libros de Melero.
Leer cualquier ensayo de la colección “Universo
Melerético” (la nomenclatura es cosecha propia), es garantía de disfrutar
leyendo, además de todo lo que puedes llegar a conocer sobre libros, libreros,
escritores, bibliotecas, librerías de viejo, periodistas, pintores, toreros,
ocurrencias y de alguna piculina.
En “Escritores y escrituras” (una vez más
publicado con el esmero que caracteriza a Xordica editorial) vamos a conocer
muchos de los elementos que les acabo de nombrar. Además, no estaremos ante una
escritura encorsetada o envarada, sino que disfrutaremos de una prosa fluida,
jocosa, llena de anécdotas y salpicada de esa socarronería aragonesa a la que
nos tiene acostumbrados mi buen amigo Melero. La cubierta está magníficamente
ilustrada con un dibujo del pintor aragonés Jorge Gay.
El libro nace (como muchos otros del autor) de 119
artículos publicados en su día en Heraldo de Aragón, dentro del suplemento
cultural ”Artes y Letras”, entre septiembre de 2009 y junio de 2012. Dichos
artículos provienen del estudio bibliográfico que hace el autor de su extensa
biblioteca.
Melero deja claro, desde un principio, que su misión
no es otra que rescatar autores y libros que en su día pasaron desapercibidos,
recuperarlos del ostracismo al que fueron condenados. Como él apunta: “darles
voz a los que no la tienen”.
Y desde el primer artículo, dedicado a las
memorias de Medardo Fraile, ya esbozo una sonrisa cómplice cuando leo que el
ministro aragonés Galo Ponte era tratado, en señal de respeto por el fiscal
José Luis Galve, como “Galo Póngase Usted”.
Fraile no se frenó ni ocultó en estas memorias sus
escarceos amorosos y su deleite y afición por el fornicio; incluso hacía gala
(tanto entonces como hoy una actitud execrable) de sus aventuras con menores de
edad.
Pepe nos habla, sin ambages, del fetichismo de los
bibliófilos y de la actitud rayana en la demencia por el coleccionismo. Yo
siempre he dicho (soy coleccionista) que esta práctica que te da tantas
alegrías como sinsabores no deja de ser un síndrome de Diógenes, pero en rico.
Nos da conocer algo tan sorprendente como que
Manuel Machado era simpatizante del régimen franquista y que incluso colaboró
con él. O la afición por las damas de Millán Astray hasta tal punto que Franco
le tuvo que llamar a capítulo.
Nos introduce en el mundo de los libros de viejo y
en sus intrincados reductos.
Sabremos que el primer diccionario de lengua
aragonesa, escrito por Mariano Peralta, se publicó en 1836. Allí nos
sorprendemos que vocablos tan usados actualmente son nacidos en el seno de la
fabla: pozal, garrampa, ababol, alcorzar, esbafar…
Melero nos descubre su pasión por el pintor
gallego Urbano Lugrís, en especial por el cuadro “La habitación del viejo
marino”. Nos habla de aquellas “novelas de viaje aragonesas” cuya colección
llegó hasta el número 71. De libros de juegos curiosos en los que falta, en
todo el texto, una vocal.
Conoceremos a escritores y sus hechos como Nakens,
Cañabate, Seral y Casas, Teresa Wilms y tantos otros.
Pepe nos da a conocer un emocionado artículo que
escribió a su íntimo amigo y aragonés ilustre, José Antonio Labordeta, cuando
su enfermedad estaba ganando la batalla.
Cuenta una anécdota, un tanto sicalíptica pero
memorable y que fue recogida por Marcos Ordóñez en su libro “Beberse la vida.
Ava Gadner en España”: La actriz, estando en Madrid, sufrió una indisposición
urológica y tuvo que ser ingresada en un hospital de la capital. Pues bien,
tras haberle rasurado el vello púbico, tuvieron que hacer un sorteo entre el
personal porque todos querían poseer un mechoncito.
El autor nos da noticia de un libro cuyo argumento
es escalofriante porque todo lo que narra es verídico. Se refiere a “La saca”,
de Luis Alberto Quesada. Con este título ya pueden imaginar ustedes.
Nos habla también de las recomendaciones de la
iglesia en cuanto a lecturas buenas y lecturas malas. De su amada primera
edición de “Vida de Pedro Saputo, de Braulio Foz. De un libro que es una
proclama en contra del celibato y en él se esgrimen unas razones nada
desdeñables. De como se conocieron Ildefonso Manuel Gil (al que tuve el honor
de conocer personalmente) y Benjamín Jarnés.
Melero, a través de sus libros, nos conducirá por
los caminos de la bohemia, nos dará a conocer las noticias acaecidas, sobre
todo en Aragón hace siglo y medio, el fetichismo por los libros autografiados y
por objetos que pertenecieron a prestigiosos escritores.
De sus anotaciones, hechas durante años en el
transcurso de sus lecturas, entresaca hechos muy curiosos que nos da a conocer.
Finalmente, cuando habla en uno de los últimos
capítulos sobre las bibliotecas personales, le salen canas verdes pensando en
el futuro que le espera a la suya cuando ya no esté. No me extraña porque,
aparte de otras muchas anécdotas en este apartado, hay una que le sobrecogió
(¡y a quién no!): Una viuda llamó a un librero de viejo para que adquiriese la
biblioteca de su difunto marido. A esta compra, el librero fue en compañía de
su amigo José Luis Melero; lo que no esperaban era compartir escalera, al subir
al piso, con los operarios de las pompas fúnebres que también acudían, en ese
momento, al mismo inmueble cargados con un ataúd. Pepe no estuvo templado a
sabiendas de que el propietario de los libros aún estaba de cuerpo presente.
Y no sigo en esta tesitura porque al final le
eviscero el libro. En definitiva, hemos comentado un libro magnífico,
entretenido y con un gran valor bibliográfico: un libro que habla de libros,
como todos los de Melero.
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