EL IMPERIO DE LAS LUCES de Octavio Gómez Milián (Ed: Diputación de Zaragoza.​​ Ed: 1ª; año 2023)




“En las guerras civiles cuando toca en un lado u otro no te quedan muchas opciones: los países se dividen como si una guillotina cayera sobre un mapa del libro de Geografía de un bachiller”.
Octavio Gómez Milián es un ente curioso e inteligente. Una “rara avis” que, de no existir deberíamos incubarla en un laboratorio. Es el perfecto agitador cultural y goza con ello. Ha participado en múltiples eventos culturales, programas de radio, tertulias, artículos periodísticos, etc.
Es infrecuente que un matemático de profesión se dedique a la escritura, más propio de profesiones humanistas y literarias. Quizás, por eso, la literatura que emana de Octavio sea tan cuadriculada, exacta y con resultados sorprendentes.
“El imperio de las luces” fue ganador del XXXII Premio Santa Isabel de Portugal de Narrativa en el año 2022. Muy merecido. Consta de 23 relatos breves que, a pesar de su independencia argumental, están sutílmente unidos por distintas imágenes: un anillo, una ventana rota o abierta, la tierra negra y la mina. Tanto es así que el primer relato y el último están concatenados por la imagen y la metáfora del anillo.
En su capacidad literaria se asoma por un resquicio la obra del recordado Félix Romeo; quizás también (y me arriesgo) pequeñas nubes de Manuel Vilas o, en menor medida, de Vicente Luis Mora o Agustín Fernández Maillo o…¿John Dospassos o Win Wenders?
Los textos de Gómez Milian son imágenes más que pensamientos; es un monólogo interior con tentaciones de “flujo de consciencia”. Una técnica narrativa que a veces se puede confundir con el soliloquio. Más, ese flujo, planea siempre dentro de unos límites:
“La mayor parte de esos pensamientos se quedan sobre ellos, en el techo, mezclados con el humo”.
El autor amalgama el mundo onírico con el mundo real de tal forma que te cuesta saber en qué dimensión estás. Juega con ciertos simbolismos nacidos en lo más recóndito de las letras: un anillo, el humo del tabaco, la ventana rota o abierta. Esta última, la ventana, como imagen de una sutil frontera que divide el trágico mundo interior del exterior, quizás más turbador, si cabe. Octavio siempre nos ofrece dos universos paralelos.
No faltan referencias reiteradas a la tierra, a la tierra negra, no sólo como caldo de cultivo de bondades sino como algo atroz y horripilante:
“Tiempo negro de una tierra negra”.
Y con la tierra, la mina, útero insondable de la Madre Gaia.
Especialmente descarnador es el relato que dedica al verdugo. También hablará y nos situará en el mundo de la trágica pandemia y, desde allí, nos hará retroceder a los años 80 en los que la empresa atecana “Chocolates Hueso” formó un equipo ciclista. Y de paso nos presentará a Marino Lejarreta (el junco de Bérriz), a Pedro Muñoz y otros que ahí están, en una estantería imaginaria, expuestos a la Historia.
No nos privaremos de dar muchas, muchas vueltas a la plaza de Chodes; sí, allí donde se rodó “Requiem por un campesino español”.
En el relato “Fofito” hará asomar tras las cortinas la degradación del héroe, con bombín y sayo rojo.
Y mientras tanto, Peter Handke, ese Premio Nobel con un parecido no tan razonable a Eric Clapton (¿o era a Al Di Meola?) pululará por muchas páginas de este libro, como si fuese suyo.
En definitiva, Octavio pasa de lo atávico y trascendente a lo humano y doméstico en fracciones de segundo.

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