CASTILLOS DE FUEGO.
Autor: Ignacio Martínez de Pisón.
Ed: Seix Barral. Ed:
1ª; año 2023.
“Había un sonido que,
además de despertarla, la desvelaba definitivamente: el de los disparos contra
las tapias del cementerio”
Ignacio Martínez de Pisón
(Zaragoza, 1960) es, hoy por hoy, uno de los mejores narradores del panorama
literario nacional. Según el escritor y crítico literario, José Luis Gracia
Mosteo, es el mejor novelista aragonés, sin duda alguna. En el año 1982
terminó, en la Universidad de Zaragoza, su carrera de Filología Hispánica. Tras
su primera novela “La ternura del dragón” (1984) se dedico en cuerpo y alma a
la literatura.
En 1997 escribió
“Carreteras secundarias” que fue llevada al cine bajo la dirección de Emilio
Martínez Lázaro. Su novela “La buena reputación” obtuvo el Premio Nacional de
Narrativa en el año 2018 y Premio Cálamo al mejor libro del año. Él se
considera un escritor que comulga con el “realismo”, que nació a mediados del
siglo XIX.
Se han escrito muchos
libros sobre la Guerra Civil Española, pero ninguno que narre los hechos de una
posguerra inmediata, como es este caso. Pisón ubica cronológicamente los hechos
de su novela entre 1939 y 1945, dos fechas muy significativas: el fin de la
contienda española y el fin de la Segunda Guerra Mundial.
“Castillos de fuego” es
una novela impecable, escrita con una maestría fuera de toda duda, con un
lenguaje sencillo liberado de florituras y con una estructura narrativa muy
potente. Pisón crea una serie de personajes, rodeados de sus circunstancias
particulares, que son rotundos, redondos y muy creíbles. Los diálogos, precisos
y correctos, están construidos desde la reconocida maestría del autor.
Como hemos comentado
anteriormente, la novela se desarrolla en la inmediata posguerra en la que
pequeños grupos de comunistas sueñan con derrocar a Franco. Para ello se
constituyen en pequeños elementos guerrilleros que despliegan su lucha en un
Madrid roto.
En las primeras cien
páginas, el autor nos va presentando a los protagonistas y sus escenarios. Lo
hace con una precisión milimétrica. Valentín, un excomunista metido a comisario
del régimen y que, lógicamente, perseguirá antiguos compañeros con saña y
denuedo. En el otro bando, tendremos a Gloria, Alicia, Eloy, Basilio y Cristina
luchando, cada uno según su disposición, por esa libertad cercenada por el
fascismo triunfante. El ideal de poder expulsar a Franco y a su régimen opresor
les conduce, cada vez más, a involucrarse en la guerrilla. Una lucha perdida,
una lucha en la que prevalecen las envidias, los chivatazos, las traiciones,
los colaboracionistas y la desorganización. Tanto es así que una persona puede
llegar a ser tan abyecto como para denunciar a su hermano con el fin de
quedarse con todas las tierras. Todas las guerras son execrables y malditas pero,
si además son fratricidas, el ensañamiento está a la orden del día.
Toda la acción se moverá
en Madrid y alrededores. Un Madrid en el que la hambruna acecha en todas y cada
una de las esquinas de las calles de esta ciudad gris y destrozada. Una ciudad
en la que los porteros de los inmuebles serán, sin saberlo, comisarios del
régimen. Una urbe en el que no faltarán santos dentro del hogar, pero hijos de
perra en el exterior. No faltarán los abusos por parte de los señoritos con la
servidumbre. El estado de represión y el estado de pobreza están magníficamente
retratados en esta novela:
“Algunas de esas chabolas
no eran más que tramos de la propia trinchera cubiertos por una techumbre. En
ellas vivían decenas de familias en una atmósfera de insalubridad absoluta”
Digno de reseñar es el
aspecto descriptivo que se desarrolla a través de toda la novela:
“La cama, con dosel,
tenía el cabecero adornado con flores de lis. Sobre una mesita redonda había un
frutero de porcelana con media docena de manzanas relucientes.”
“Se besaron. Eran besos
pequeños, besos de pájaro, apenas un roce de labios.”
Y, por último, habrá un
protagonista mudo, inmóvil: la ciudad de Madrid. Una ciudad opresiva y
desconfiante, trágica y gris donde subyace el hambre y la traición y en la que
sus habitantes se mueven como verdaderos autómatas.

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