CASTEILLO CONTRA CALVINO.

Autor: Stefan Zweig.

Conciencia contra violencia.

Traducción: Berta Vias Mahou

Ed: Acantilado           Ed: año 2020

“Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”.

                                                                                        Sebastián Casteillo.

 

Retorno al mundo narrativo de Stefan Zweig esta vez bajo una recomendación de mi querida amiga Inés Pociña: “Casteillo contra Calvino. Una vez más, en este libro, el autor austriaco cambia de registro para presentarnos una obra brillante a la par que inquietante, posiblemente por la veracidad del argumento.

Recordemos que Stefan Zweig fue un escritor, biógrafo y poeta austriaco nacido en 1881. A los 19 años, su pasión por la escritura le condujo a publicar su primer libro “Cuerdas de plata” (1901); una selección de poemas entre cientos que ya había escrito, pese a su juventud, bajo la influencia de Rainer María Rilke.
Pero en 1904 escribió su primera novela y, desde entonces, se inclinó por la narrativa.
Al ser de ascendencia judía se enfrentó contra el régimen nazi en varias ocasiones. Se exilió en Brasil donde él y su esposa se suicidaron en 1942. El motivo de tan infausta decisión fue la creencia de que los nazis, no ha mucho, dominarían el mundo

En esta obra, el autor nos traslada a la Ginebra dominada (reprimida, más bien) por la doctrina de Calvino, aquel reformista inflexible, adusto y tirano. Inmerso en una sociedad cohibida y alienada, en este caso la ginebrina, destacó un hombre que arriesgó su vida en aras de fomentar la tolerancia, el libre pensamiento, el humanismo y, en definitiva, la libertad. Este fue Sebastián Casteillo. Se enfrentó a las ideas represoras y delirantes del propio Calvino, el dios del protestantismo en la Tierra, hasta su muerte.

En una primera parte del libro, Zweig nos dará a conocer las personalidades de los dos principales protagonistas históricos: el espíritu tolerante frente al represivo, la libertad frente al encarcelamiento intelectual, el humanismo frente a la dictadura, la conciencia frente a la violencia, Casteillo frente a Calvino.

Pero es un hecho dramático, injusto y abominable el que instiga a Casteillo a enfrentarse frontalmente a Calvino, algo impensable dentro de la sociedad reprimida y atocinada que había articulado este último. Fue el cruel y deleznable asesinato del médico y teólogo aragonés Miguel Servet. 

Por tanto, en la segunda parte se nos encogerá el corazón cuando sea narrado todo el proceso de condena y muerte de Servet en la hoguera. El autor carga las tintas en este pasaje, no sin ceñirse a lo que en realidad pasó, para crear una dramatización que dejará al lector totalmente abrumado y vencido. En especial cuando proceda a la narración, con pelos y señales, de la última hora y media de su injusto suplicio y asesinato. Tal es así que resonarán en nuestra mente, durante minutos, los gritos de piedad proferidos por Servet mientras era consumido por las llamas.  La pusilanimidad y cobardía de Calvino, algo consustancial a los tiranos, le llevó a no asistir al ajusticiamiento.

En una tercera parte, como ya he comentado, Casteillo se alza ante la injusticia de esta vil persecución y asesinato. ¡Nadie debe morir por defender sus ideas!

Clama justicia para que algo tan abominable no se vuelva a repetir. Hace una loa a la tolerancia frente a la represión. Y su dedo acusador sólo señala a un asesino, a Calvino. Él y solo él es el culpable de semejante crimen. Pero lejos de amilanarse, el espíritu draconiano e inflexible de Calvino le hace defenderse ante una sociedad que ya se permite el beneficio de la duda, tras las fundadas y no pocas reflexiones de Casteillo. 

“En el mundo no hay una sola verdad, sino muchas verdades”. “Hay que aplicar la tolerancia frente al fanatismo”, proclama Casteillo.

Pero, a pesar de estar ganando la partida moral, él con la palabra y aquel con el fuego y la espada, al final ganará la partida Calvino “en el nombre de Dios” y con una serie de estratagemas para condenar al primero. Casteillo está sentenciado, sólo su prematura muerte por enfermedad le libró de ser ajusticiado.

Una vez más la historia se repitió, se repite y se repetirá: un líder encabezará y agitará la bandera de la revolución en aras de la libertad y el bienestar del pueblo. Una vez conseguida, se transformará en un dictador más represor si cabe, que al que derrocó.

 

 

 

 

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